He aquí una última entrada con comentarios sobre algunos de los trabajos a los que he querido replicar de alguna manera a título personal (es decir, son mis opiniones, no necesariamente compartidas por Juan). Para mantener el anonimato de cara a personas ajenas al curso, he usado las iniciales para referirme a los respectivos autores. Los trabajos comentados no son ni los mejores ni los peores, son simplemente algunos trabajos a los que he sentido la necesidad de responder. Estaré encantado de recibir contrarréplicas, tanto por parte de los aludidos como por parte de quien quiera participar en el debate.
VAV trata de demostrar que los sistemas judiciales tienen un origen puramente biológico. En primer lugar argumenta correctamente que las leyes se fundamentan en la ética. Pero, a continuación, plantea un falso dilema: o bien la ética es fruto de la biología, o bien la ética tiene origen divino. Y resuelve el dilema, sin aportar ninguna prueba, arbitrariamente, a favor del origen biológico de la ética. El dilema es falso, porque hay al menos una tercera alternativa para el origen de la ética: la razón humana, con su capacidad de juzgar lo bueno y lo malo. Por lo que respecta a si la biología puede ser origen de la ética, ya hemos demostrado en clase que no puede ser así: la ética existe porque existe la libertad, y la libertad no se puede reducir a bilología (salvo que pensemos que la libertad no es algo real, sino una vana ilusión). En cuanto a que los sistemas judiciales tengan como fin preservar la especie humana, ésta es sin duda una idea interesante, pero no implica que su origen sea biológico, es decir, que las leyes civiles estén implícitas en el código genético. Es perfectamente razonable pensar que, más allá de los mecanismos biológicos de supervivencia, la razón puede inventar otros mecanismos, incluso más eficaces, diseñados no sólo por la fuerza ciega de los genes, sino por la luz de la inteligencia. Así pues, el verdadero dilema que había que plantear es si la ética, el conocimiento del bien y del mal, tiene origen divino o tiene origen racional. Éste sí que es un dilema interesante, con una larga trayectoria en la historia del pensamiento, y con mucho matices que no permiten un tratamiento superficial.
JBT afirma que “la religión no ha aprobado la teoría de la evolución”, porque “trastocaría los pilares más fuertes de la propia religión”. No obstante, esto es bastante inexacto. Hay religiones como el budismo a las que la Teoría de la Evolución les resulta completamente indiferente. Es más bien en el seno del cristianismo donde ha surgido la oposición, pero el cristianismo tampoco es monolítico en este sentido, es decir, no mantiene una postura unánime. En la rama protestante están los más liberales, que aceptan plenamente el evolucionismo, y a la vez los más fundamentalistas, que aún hoy día se oponen ferozmente a él en las escuelas de Estados Unidos. Por lo que respecta a la rama católica, ha habido sin duda desconfianzas, miedos y recelos, pero hoy día la Teoría de la Evolución es aceptada pacíficamente, es decir, no se considera en absoluto que amenace los fundamentos de la fe. Esto es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, en su número 283: “La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores. Con Salomón, estos pueden decir: “Fue él quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto existe, quien me dio a conocer la estructura del mundo y las propiedades de los elementos… porque la que todo lo hizo, la Sabiduría, me lo enseñó” (Sb 7,17-21).”
MRS escribe en relación con la aconfesionalidad del Estado: “con esto no debe entenderse que el Estado no pueda promover, hasta donde sus límites lleguen, una determinada moral”, es decir, “aconfesionalidad no implica amoralidad”. Por tanto, podemos inferir que en los países democráticos habrá una especie de “moral de Estado”: según MRS, “la promoción de estos valores democráticos tiene que conllevar la enseñanza de los derechos humanos, incluso si cabe, en la escuela (…) lo cual no significa adoctrinamiento”. No puedo estar más de acuerdo con lo afirmado: el Estado no debe ser moralmente “neutral”, sino que debe promover una moral de convivencia democrática. Ahora bien, aunque MRS no menciona explícitamente la asignatura Educación para la Ciudadanía, parece claro que la tiene en mente cuando escribe esto. ¿Es que los detractores de EpC no estarían de acuerdo con MRS? Desde mi punto de vista, el problema no es que en la escuela se promueva la moral de los Derechos Humanos y los valores constitucionales; el problema es cuando se pretende ir mucho más allá de lo que dicen los Derechos Humanos y la Constitución, cuando el Gobierno de turno pretende adoctrinar en valores no compartidos por una parte muy importante de la sociedad. Creo que es ésta la causa de que EpC haya sufrido un importante rechazo social en España, que ha cristalizado en el lema: No a esta EpC.
PSM afirma con fuerza que no debe haber educación religiosa en la escuela pública, como consecuencia derivada de la laicidad del Estado moderno. Ahora bien, la cuestión no es tan sencilla. Como afirma MRS en su trabajo, la educación es algo que atañe tanto a la familia como al conjunto de la sociedad. Aquí se puede discutir quién es el titular y primer responsable de la educación: los padres, o el Estado. Éste es un debate social abierto, en el sentido de que ambas posturas tienen amplio apoyo social. Pues bien, según la primera postura, los titulares de la educación son los padres, a los que el Estado presta un servicio mediante la escuela pública, es decir, el Estado educa por encargo de los padres. Nada más natural, por tanto, que en la escuela pública se enseñe religión si así lo desean los padres. En este caso el Estado no está adoctrinando según una cierta “religión de Estado”, sino que simplemente permite que en la escuela pública se enseñe la religión de los padres. Como vemos, este planteamiento resulta natural cuando se parte del principio de que los titulares de la educación son los padres. Por tanto, laicidad no implica que no se pueda enseñar religión en la escuela pública.
Deseo hacer una reflexión final que se refiere a una interesante idea planteada durante el curso, y a la que varios trabajos se han referido. Según explica muy bien Umberto Eco, “La dimensión ética comienza cuando entran en escena los demás. Cualquier ley, por moral o jurídica que sea, regula siempre relaciones interpersonales”. Así pues, la ética es siempre, por su propia naturaleza, algo público, algo que afecta a la sociedad. ¿Qué sentido tiene, entonces, hablar como se hace muy a menudo de ética privada, como contrapuesta a la ética pública? Desde mi punto de vista, no tiene ningún sentido. Hablar de ética privada es un contrasentido. Si con la expresión “ética privada” queremos referirnos a las normas de conducta que un individuo asume voluntariamente en su vida privada, entonces eso no es verdaderamente “ética”, porque no son normas derivadas de las relaciones interpersonales. La ética se refiere siempre a las relaciones con los demás, y surge de la presencia de los demás, por lo tanto la ética es siempre pública. No me extiendo más sobre este punto, porque lo que me interesa es suscitar un nuevo debate entre vosotros.
Gonzalo
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